Tegucigalpa,Honduras lunes 11 noviembre 2019

El jueves 24 de noviembre de 1966 el vuelo LZ101 de la aerolínea búlgara TABSO volaba de Sofia a Budapest (Hungría) y Praga (antes Checoslovaquia) para culminar en Berlín, República Democrática Alemana. Lo comandaba el capitán Lubomir Todorov Antonov, de 41 años, con 12 mil horas de experiencia, y otros tripulantes. Las azafatas eran María Ivanova, Svetla Georgieva (alias Svetla Marinova, casada 18 días antes) y Violina Stoichkova.
Transitaban pasajeros de Bulgaria, Hungría, Checoslovaquia y Alemania, así como de Brasil, Chile, Argentina y uno de Honduras, el afamado escritor y periodista Ramón Amaya Amador. 82 personas, entre ellas la solista operática búlgara Katya Popova.
El vuelo dejó Budapest a las 11:46 horas (CET) pero por mal tiempo en Praga el capitán recaló en Bratislava, donde aterrizó a las 11:58. A las 15:30 el clima en Praga mejoró y Antonov decidió continuar el viaje. El meteorologista advirtió que sobre los Pequeños Cárpatos, al noroeste de Bratislava, había turbulencias, de medianas a fuertes.
A las 16:20 horas Antonov despegó y escogió la pista 31, que volaba sobre los Pequeños Cárpatos. Se le instruyó tornar a babor nomás pasar Brno y seguir a Praga en los 5100 m, cuidando mantener distancias de 300 m sobre un mediano Ilyushin-14 que acababa de despegar del mismo aeropuerto de Bratislava.
Tras dos minutos de salir de esa terminal la nave se estrelló a ocho kilómetros contra una colina de Pequeños Cárpatos. Golpeó la tierra nevada con todo el poder de sus motores, a 500 km/h. Se desintegró en 20 segundos, la torre vio nada.
Lo arisco del terreno y el miedo de que el avión portara uranio, lo que resultó verdad, atrasaron el rescate. Luego se confirmó que llevaba contenedores de acero con iodine-131 para propósitos médicos, asunto que permite la ley internacional.
Hubo tensión entre búlgaros y checos. A los primeros se les negó acceso al sitio del accidente y a los controladores. Los búlgaros creían que estos habían cometido errores en sus funciones técnicas. Los checos pensaban que los pilotos no hablaban bien inglés y que no habían comprendido las instrucciones de la torre, particularmente el giro a derecha tras despegar. Un test realizado en el tejido de los pilotos mostró que no habían bebido licor.
Finalmente se determinó que los pilotos habían hecho un giro demasiado cerrado contra la montaña (Cárpatos) y a suma velocidad. La tripulación estaba bien asesorada sobre el clima y el informe concluyó que la razón más probable del accidente había sido una inadecuada evaluación del terreno y del clima hecha por los pilotos.
El accidente fue muy publicitado, sobre todo porque en él murió Katya Popova, conocida soprano lírica de Bulgaria. Cuando llegaron los cuerpos a Sofía el tráfico fue detenido por dos minutos, con sirenas llorando a lo ancho del país.
Los restos de Ramón Amaya Amador fueron honorablemente trasladados a Praga, donde se les sepultó. A los 50 años fue el último viaje de aquel admirado escritor hacia su puesto intelectual de avanzada, la publicación “Problemas de la Paz y el Socialismo”.
Hoy una cruz de madera indica el sitio, mientras que un bosque de 82 abedules (uno por cada víctima) marca el espacio de la tragedia.
II.
La revista “Problemas de la Paz y el Socialismo” fue fundada en 1958, al arrancar la “guerra fría”, y llegó a alcanzar un tiraje de medio millón de ejemplares cada mes en 41 idiomas, destinados a 141 países de la tierra.
Estaban sus oficinas en Praga, Checoslovaquia, donde operaba un centro de redacción en que laboraban editores de 69 partidos comunistas del orbe.
Desde su inicio la revista imprimió ediciones en ruso, alemán, inglés, francés, húngaro, polaco, chino, albanés, vietnamita, búlgaro, rumano, coreano, checo, mongol, español, italiano, holandés, sueco y japonés.
La revista, también conocida como World Marxist Review (WMR), por su edición en inglés, era sustentada por el Departamento de Información del Partido Comunista de la Unión Soviética, abreviado PCUS, y se dedicaba a exponer y analizar temas teóricos y concretos del socialismo. Componían su staff 400 escritores y periodistas.
Tenía como propósito transmitir noticias y avances teóricos que permitieran unificar a escala mundial el concepto de socialismo, y así se mantuvo durante 33 años, hasta que en 1989 la línea editorial varió y empezaron a publicarse artículos que trataban sobre la perestroika, escritos por algunos de sus ideólogos, y la revista, citan los historiadores, decayó en número de lectores, obligando a cerrarla en 1990. Es curioso que el edificio en que “Problemas de la Paz y el Socialismo” albergaba a los 65 miembros del Consejo Editorial, fue posteriormente ocupado por la Iglesia Católica.
Allí laboró Ramón Amaya Amador por siete años.
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Los datos anteriores son importantes porque marcan, prácticamente tajan, dos intensos períodos de su vida: los de la primera etapa revolucionaria urbana y rural en Honduras y otros países, donde buscó refugio, trabajo o clandestinidad, y la fase de redactor de la revista en Praga, una de las ciudades más bellas del mundo que, sin duda, debió proporcionarle una más ancha visión de mundo que la de los campos bananeros, contactos prestigiosos, mentes lúcidas y sabias, lecturas, metodologías modernas y, probablemente, algún poco de paz doméstica desde donde imaginar a la patria, pensar, crear.
III.
No soy especialista en Amaya Amador, si bien lo admiro y leo casi devotamente, no solo por aprender de sus novelas sino por su permanente espíritu revolucionario. Una de las obras que en memoria póstuma ha editado su hijo Carlos Amaya desde La Lima, y que se titula “Los rebeldes de la Villa de San Miguel” -primera de una serie de cinco novelas en torno a Francisco Morazán-, escrita bajo los almanaques inspiradores de Praga, revela con acuciosa intensidad el cambio espiritual y mental que le produjo residir por más de un lustro en una de las más cultas urbes del planeta.
En efecto, “Los rebeldes de la Villa de San Miguel” es una obra de madurez y ya el título mismo de la serie -Morazaneida- exhibe una amplitud conceptual, helena, que escasamente se consigue a los veinte, incluso los treinta años, y menos en la zona rural de Centroamérica.
Un profesor querido mío, el poeta norteamericano Paul Engle, acostumbraba sentenciar que el escritor debe vivir y sufrir densamente pues sus materias primas son el mundo y el alma, y que desconociendo a ambos su narrativa o poesía provendrán, sin duda, de exquisitos códigos de creación, pero no de la realidad, y por ende de la verdad emotiva. La existencia, y sobre todo el proceso de la existencia, la diaria observación y el estudio, la reflexión en torno a la conducta humana, la relación de la ética con el poder y sus causas y extravíos, la lógica y la ley del caos, la transparencia o la enfermedad, la santidad y la locura, son todas ellas piedras o joyas de la cantera o mina, del filón de donde el escritor extrae, y sobre todo transforma, su materia prima.
Aparte de la fábula, e incluso en ella, el arte no tiene otra motivación que el ser humano: tal es su cosmos y su límite, el universo que se expande y extiende eternamente hasta intuir otra nueva dimensión, que es el sueño de todo artista: descubrir y comprender del hombre y la mujer sus más profundas y sencillas pulsiones, lo que los impele a la tragedia, lo que los vuelca al amor.
Dígan si no es ese su propósito los grandes creadores de la humanidad, comenzando por Esquilo y Cervantes, Alighieri, Goethe, Shakespeare, Dumas y John Donne, o por Da Vinci y Chopin, o modernamente José Martí y Shostakovich, Steinbeck, Molina y García Márquez, Enrique Dussel o el joven asombro de la actual literatura en Nueva York, un chavalo de nacencia vietnamita llamado Ocean Vough, cuya primera y brillante novela es una carta a su mamá, que es analfabeta.
IV.
Ni piensen que me he distraído, no se preocupen, sino que para construir una nueva escritura, una nueva percepción de Ramón Amaya Amador tenemos obligadamente que citar a los soberbios iconos con que al final de su vida se relacionó. Praga, que viviré para conocer, alimenta a algunas de las más exóticas galerías, bibliotecas, salas de conciertos y librerías de la modernidad. Sus museos son modélicos y su economía creativa, es decir la que se contabiliza a partir del movimiento de la cultura, ascendió en 2014 a ochenta mil millones de euros.
Más allá de la banalidad de ese número, en Amaya Amador ha de haber ocurrido allí cierto cambio trascendental tanto en su visión filosófica como en su perspectiva política. Esto es solo especulación, desconocemos sus memorias al respecto.
Vivió en Praga la guerra fría pero igual la sacudida y terremotos del llamado “discurso secreto” de Nikita Khrushchev ante el Politburó en 1956, cuando se resquebrajó y recompuso el movimiento comunista y sepultó para siempre al estalinismo, si bien no vio, Amaya Amador, la invasión a Checoslovaquia por parte del Pacto de Varsovia en 1968, dos años más tarde de su partida, que le hubiera provocado dolorosa conmoción personal.
Todo ello debió despertarle enormes reflexiones, incluso quizás la idea contemporánea de que, a pesar de ser el socialismo la mejor y más cristiana práctica de acción política, ninguno se ha construido, o se construye con autoritarismo, dictadura y represión, no importa cuán bien intencionadas sean sus intenciones.
V.
El prócer cultural que es Ramón Amaya Amador, a quien se honra hoy con una presea a su nombre y que ha sido previamente dispuesta por la Honorable Academia a dos extraordinarios creadores que me anteceden -Pompeyo del Valle y Miguel R. Ortega-, no es el de ayer sino el de mañana.
Su obra póstuma, es decir la madura, va a conocerse. La mejor invención de su genio está por aparecer ante los lectores, lo cual es un sueño maravilloso para cualquier autor, ser redescubierto tras que concluye sus ingratas labores la muerte.
Leyéndolo aprenderemos que sus técnicas de narración y descriptivas responden a lo más fresco y contemporáneo de las literaturas presentes, tal su dominio técnico y capacidad de escritura. Sorprende que un escritor que partió del mundo en 1966 regrese ahora a asombrarnos con su frescura, dominio y emotividad.
Pero es que Amaya Amador se nos devela no solo como interesante modelo humano sino como excelente creador.
Debemos conocerlo íntimamente, dialogar con él, dejar que responda preguntas, fume y beba café. Debemos inspirar a los jóvenes para enamorarse de su palabra y enseñarles a concebir que la literatura hondureña no es un autor sino una prolongada autoría, es decir una continuidad humana de honrosa trayectoria y cuyos picos esenciales como faros deslumbran, desde José del Valle a Ramón Rosa y Froylán Turcios y Paca de Miralda, de Eduardo Bahr a Castelar y Víctor Cáceres Lara, de Roberto Castillo a Umaña y Galel y Fabricio, quienes, todos, más allá de la elaboración imaginativa y ficcional de crear literatura hacen también patria, como Amaya Amador, jugándose la vida en la composición más ambiciosa, atrevida y violenta, que es la escritura de la libertad.
Agradezco esta honrosa distinción, Señores Académicos, no solo por mí sino por quienes me llaman y dicen que la expresan como suya, lo que es una feliz y maravillosa apuesta por el gozo de la solidaridad.
Mil gracias.
Sesión solemne de la Academia Hondureña de la Lengua -AHL- en
Biblioteca Central de UNAH-VS. Octubre 18, 2019.
Fuente: La Tribuna
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