Tegucigalpa,Honduras jueves 01 julio 2021

Después de hacer turnos de 24 horas, diez de ellas enfundado en un traje de bioseguridad, el enfermero René solo quería llegar a su cuarto a disparar.
El enfermero René manejaba hasta su casa, parqueaba en el garaje, se desvestía y se bañaba en una ducha improvisada que él mismo armó para aislarse de su esposa y su bebé de 18 meses. Y entonces sí, pasaba a su habitación, solo él en su cama. Preparaba su celular, se ajustaba unas gafas 3D y empezaba a disparar.
Para combatir la soledad y el estrés sufrido tras cada turno en uno de los hospitales designados para atender pacientes de coronavirus durante los meses más mortales de 2020, el enfermero René mataba a todos los enemigos que le fuera posible en el videojuego Call Of Duty.
“A veces soñaba que andaba volando riata y me despertaba, caía en cuenta que estaba soñando, me volvía a dormir y seguía soñando lo mismo”, recuerda el enfermero René.
Tiene 33 años y diez de ellos los ha dedicado al sistema de emergencias del Instituto Salvadoreño del Seguro Social (ISSS). Es técnico en enfermería. Ahora trabaja más de 13 horas diarias porque está cumpliendo el año social de su licenciatura en enfermería. Trabaja. Estudia. Escribe su tesis. Trabaja de nuevo. Dispara.
“El estrés que me generaba esto (el videojuego) me desviaba el otro estrés que tenía. Si yo no me hubiera puesto a jugar eso a saber cómo hubiera reaccionado al estrés, aislamiento, carga laboral e incertidumbre que sentía”, cuenta un año después de los meses más aciagos de la pandemia, donde decidir a quién dar oxígeno era su día a día.
El alivio de una guerra simulada le permitía escapar de la pandemia o, como la llama el enfermero René, “el monstruo”.
“Nosotros estábamos enfrente de un monstruo y no sabíamos ni por cerca cómo nos íbamos a defender de eso”, dice.
Desde abril hasta junio se exilió en una de las cuatro habitaciones de la casa donde vive. “Me sacrifiqué cuatro meses sin ver a mi familia, sin abrazarlos y besarlos ni tocarlos. No disfruté los primeros meses de vida de mi bebé, solo lo escuchaba reírse, pero eso me hacía sentirme bien, feliz”, dice. Al llegar a su casa, el enfermero René llamaba a su esposa y le pedía que llevara a su hijo al jardín para evitar que el niño siquiera lo viera entrar.
El enfermero René no fue el único que sacrificó el tiempo con su hijo. Julio, un doctor que trabajó en un centro de salud de San Miguel, se limitó a ver a sus dos hijos sólo cuatro veces en seis meses. Marta, psicóloga de una unidad de salud de Soyapango, se contagió de Covid-19 y tuvo que dejar de ver a su hija de tres años durante 15 días. Los efectos personales en las vidas de muchos trabajadores de la salud fueron devastadores y sus secuelas siguen ahí.
Para esta investigación se entrevistó a dos decenas de fuentes relacionadas al gremio de salud: cinco doctores, dos enfermeros, tres sicólogos y sicólogas designados a unidades de salud, cinco estudiantes de medicina que completan su carrera en hospitales, representantes de gremiales del sector y de gremiales universitarias de la carrera de medicina. Además, se hicieron 32 preguntas vía Ley de Acceso a la Información al Ministerio de Salud y al ISSS, y se solicitaron entrevistas a funcionarios de Salud. No solo la pandemia atemoriza a este sector público, sino también el propio Gobierno: las fuentes que dieron su testimonio de secuelas pidieron anonimato. Aseguran que, de saberse que hablaron con la prensa sin la autorización del despacho de Prensa del Ministerio, serían despedidos de inmediato. Lo dicho por estas fuentes encaja con lo ocurrido el año pasado. Durante varios meses de 2020, los empleados de hospitales públicos y del ISSS aseguraban que tenían órdenes de no hablar con medios, y si lo hicieron fue bajo anonimato.
La conclusión es contundente: entre el gremio médico no solo hay severos padecimientos de estrés postraumático, trastornos de ansiedad, ataques de pánico, insomnio, sino que no hay registro fiel de ello. El Gobierno no ha atendido ni documentado de manera eficiente estas secuelas, hay apenas registros oficiales y las directrices específicas para atender estos cuadros sicológicos no bastaron. Entre abril de 2020 y abril de 2021, la línea psicológica de atención del ISSS solo atendió a 298 de sus 16,458 empleados. Es decir, el 1.8 % del total.
Las pocas cifras que el Gobierno entrega dan cuenta del calado entre el gremio de Salud. En los últimos tres años, nunca habían renunciado tantas personas del ISSS. En 2018 renunciaron 434 empleados; en 2019, 286; y en el año de la pandemia, en 2020, 575; y otros 212 nada más en los primeros tres meses de 2021. En el Ministerio de Salud (Minsal), llama la atención lo que ocurre este año. En 2018, renunciaron 20 personas; en 2019, fueron 37; y en 2020, el total de renuncias fue de 24; pero en solo tres meses de 2021, de enero a marzo, ya suman 23.
A pesar de que en su “Memoria de Labores 2020-2021”, el Minsal habla de cientos de atenciones individuales y decenas de “talleres de autocuido” para el personal del Hospital El Salvador, donde por excelencia se atendió a los contagiados con el virus, cuando se preguntó a vía Ley de Acceso a la Información, la respuesta fue que no existían tales datos o simplemente no hubo respuesta. Ninguna de las fuentes consultadas para este reportaje participó o escuchó de sesiones de “autocuido”.
Los números hablan de hechos poco visibilizados, pero son sobre todo los testimonios del personal de primera línea de atención médica los que permiten dimensionar las secuelas sicológicas no atendidas que ha provocado la pandemia entre este sector de la sociedad tan idealizado durante la crisis.
El monstruo le ha dejado secuelas al enfermero René, que cree que sufre estrés postraumático. Sus noches son una continua paranoia hospitalaria en las que se despierta a rociarse alcohol.
“Hasta la fecha, es algo que no se me quita. Estornudo, me tapó y echó alcohol donde he estornudado. Es algo que eso ya va a quedar, es el estrés post trauma”, se diagnostica. Aunque ahora está claro científicamente que las posibilidades de transmitir el Covid-19 por el contacto en superficies son mínimas, el enfermero René sigue gastando 40 dólares mensuales en alcohol y sigue rociándose, incluso en su cama.
En algunos casos, como el del enfermero René, las secuelas tras un año de muerte y paranoia son imperceptibles si no se miran a detalle: la necesidad de escapar a otro mundo imaginario con una muerte sin consecuencias, un poco de alcohol al aire en la habitación, la añoranza de los primeros meses no compartidos con su hijo, las heridas del monstruo que aún sigue aquí.
El personal de primera línea de atención a la pandemia, aquellos a los que se nos presentó como héroes y heroínas en comerciales gubernamentales, son también un puñado de salvadoreños que han quedado maltrechos tras lo más duro de la pandemia.
El enfermero René y otros tres empleados del ISSS consultados afirmaron que no conocieron de planes para atención psicológica. Por eso, para él, el refugio en la guerra virtual de Call of Duty se volvió tan importante. A diferencia del virus, a los enemigos del videojuego sí los podía ver, analizar sus movimientos, y acabar con algunos con tan solo apretar un botón.
En las batallas militares y los escenarios de Call of Duty los sentimientos de impotencia que vivía en el hospital no existían. “No sabíamos ni siquiera dónde estábamos parados. Hay un dicho que dice que el sabio ve el mal y se aparta, pero en salud no podemos hacer eso porque si nos apartamos muere la gente”, dice.
Los héroes de la pandemia salieron heridos de ella, y nadie los rescató.
Un Estado inoperante ante el trauma colectivo
Las secuelas del enfermero René no lo hacen una excepción en el gremio médico que estuvo al frente de la emergencia sanitaria.
La doctora Lucía Bernal, vocera del Movimiento por la Salud “Dr. Salvador Allende” (Alames), asegura que costumbres como las que desarrolló en 2020 el enfermero René, en especial el uso excesivo del alcohol, son reflejo de ansiedad y se han vuelto frecuentes entre ese personal.
“Tengo compañeras, compañeros, que usan alcohol tres o cuatro veces en cinco minutos, ese es un claro signo de ansiedad y trauma. En acciones así reflejan lo afectados que están y todo el daño psicológico que tienen”, dijo Bernal.
Alames fue la primera organización que puso sobre la mesa el tema de salud mental de los miles de empleados sanitarios y denunció la falta de atención psicológica al personal médico. Alames nació en 2008 y se concibe como una “organización que impulsa el reconocimiento pleno del Derecho Humano a la Salud”. Está integrado por personal que trabaja en el Ministerio de Salud. Esta es la organización que levantó un censo del personal médico fallecido por Covid-19 o sospechas de Covid-19. El Minsal negó esta información solicitada para este reportaje, sin mayor argumento que “la falta de respuesta de la unidad requerida”. El conteo independiente de Alames daba cuenta de 200 fallecidos hasta marzo de 2021
Nada indica que la salud sicológica del gremio haya sido prioridad del Ministerio. El proceso de solicitud de información para conocer la cantidad de fallecidos y las consultas psicológicas brindadas al personal de primera línea comenzó el 7 de abril y terminó el 31 de mayo sin respuesta. La encargada de la oficina de Información y Respuesta aseguró el 3 de mayo, vía telefónica, que no había recibido la primera petición, aunque el correo se había enviado casi un mes antes.
“Nuestro planteamiento es que hubo, por parte de las autoridades de Salud, un abandono total del componente de salud mental para el personal y sus familiares en el contexto de la pandemia de Covid-19”, dijo un médico miembro de Alames, que pidió anonimato por temor a represalias. “Lo lamentable y paradójico fue que el personal de salud debía llamar en su tiempo libre, porque no daban tiempo de realizarlo en las jornadas de turnos intensos”, agregó. “Los niveles de estrés y presión laboral, para el personal de salud de primera línea. fueron atendidos tardíamente por las autoridades”, dijo el doctor.
Esto sucedió pese a que hay leyes que obligan a prestar atención, como la Ley de Salud Mental y la Política Nacional de Salud Mental. En el artículo uno, la ley establece que se debe “garantizar el derecho a la protección de la salud mental de las personas (…) asegurando un enfoque de derechos humanos”. Además, en su artículo 11, designa al Minsal como el ente rector.
En mayo de 2020, el ISSS publicó un documento de 32 páginas llamado “Lineamientos técnicos para el abordaje de atención psiquiátrica y salud mental para derechohabientes y trabajadores de salud del ISSS durante la pandemia de coronavirus”, con el objetivo de “regular y estandarizar los diferentes procedimientos para el abordaje de la salud mental”, según el detalle del documento facilitado por la OIR de la institución.
El documento estipula que los centros de atención brindarán el acompañamiento a “cualquier trabajador institucional que requiera de la atención o apoyo emocional durante esta pandemia Covid-19 en los lugares de residencia”.
El enfermero René asegura que nunca supo de este u otro plan ni conoció a nadie que haya recibido ese beneficio. Otros tres empleados del Seguro Social que trabajan en centros distintos al del enfermero René respondieron lo mismo: nunca oyeron hablar de ese plan de atención sicológica. “Lo que hacíamos era hablar entre nosotros. Tratar de hacer broma de lo que vivíamos”, dice el enfermero René.
Según la información entregada por el ISSS, 298 de sus empleados pasaron consulta psicológica entre abril de 2020 y abril de 2021. Para 2019, el ISSS tenía 16,391 empleados permanentes, según la memoria de labores. En ese mar de empleados expuestos a los traumas de la pandemia, el porcentaje que recibió atención sicológica fue mínimo: el 1.8 %.
De los que sí pasaron consulta, el motivo fue “predominio de trastornos adaptativos”, según la Oficina de Acceso a la Información. El 78 % de esas consultas ocurrió entre abril y agosto del 2020, coincidiendo con el punto más álgido de contagios entre los salvadoreños. Los picos más altos de contagios, la saturación del sistema de salud, que incluso dejó escenas de cadáveres afuera del hospital Rosales, las denuncias del gremio médico sobre decesos de profesionales y el aumento de la jornada laboral de nueve horas a 24 o hasta 48 ocurrieron durante esos meses.
Fuente: La Tribuna
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