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¿Por qué no se puede saber dónde caerán los restos del cohete chino fuera de control?

Cohete chino Long March 5B despegando

El pasado 29 de abril, China lanzó con éxito el primer módulo de su propia estación espacial, una carga con un peso de 22,5 toneladas. Para llevar todo ese material a la órbita terrestre fue necesario un cohete de proporciones gigantescas: el Long March 5B. Tan alto como un edificio de 18 pisos y con un peso de 849 toneladas, este cohete realizó con éxito su cometido. Pero, al contrario que otras sondas reutilizables, el Long March 5B es de un solo uso e, irremediablemente, algunos de sus componentes caerán de nuevo a la Tierra en los próximos días. El gran problema es que se desconoce el lugar y el momento exactos de la reentrada. ¿Cómo es posible que poseyendo tecnologías capaces de volar en otros planetas o aterrizar en la cara oculta de la Luna no se pueda saber con exactitud dónde y cuándo aterrizarán estos restos?

La respuesta corta es «no». Pero tiene una explicación algo más larga: «En la actualidad no hay forma de predecir ni el punto de caída ni el momento de la misma con la tecnología actual. Esto se debe a que ambas cosas dependen críticamente de la interacción del cohete (que es basura espacial) con la atmósfera terrestre», explica a ABC José María Madiedo, astrofísico del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC). Porque, una vez que el cohete reingrese en la atmósfera, esa interacción se irá haciendo más intensa y compleja conforme los restos sigan perdiendo altitud.

«La atmósfera irá entonces frenando de forma progresiva al cohete (que se mueve a unos 27.000 km/h). Pero la atmósfera no es ni homogénea ni uniforme», afirma el astrofísico, experto en asteroides, cometas y meteoros. Porque nuestra ‘capa protectora espacial’ se contrae y se expande por influencia del Sol: en las zonas en las que la luz del Sol incide con mayor intensidad se expande y, en las zonas que quedan fuera del alcance de la luz solar (zona nocturna), se contrae. «Y esto añade una incertidumbre grande a los cálculos del punto de impacto y del instante de caída», incide.

Otro factor es la densidad de la atmósfera: dicha densidad aumenta conforme nos acercamos a la superficie terrestre. Y si bien esa variación con la altura es conocida (y se puede obtener mediante modelos), existen variaciones locales de densidad que no son fácilmente predecibles. «Un ejemplo de esto lo tenemos cuando viajamos en avión y sufrimos las famosas ‘turbulencias’. Estas están provocadas por variaciones bruscas de la densidad del aire a una misma altitud», señala Madiedo.

En ese momento, y debido a la velocidad a la que viaja el cohete, el rozamiento con el aire será tan brusco que irá calentando su superficie, hasta hacer que se vuelva incandescente. Se formará entonces una bola de fuego que probablemente será visible a simple vista debido a su gran brillo -aunque solo en la zona geográfica en la que se produzca la caída-,y el cohete empezará a desintegrarse. Y, aunque la mayor parte de la estructura del mismo se destruirá en la atmósfera terrestre, algunos fragmentos hechos de materiales que soportan altas temperaturas sobrevivirán a este episodio. Sin embargo, Madiedo se muestra tranquilizador: «Es imposible saber qué tamaño tendrán esos fragmentos que sobrevivirán y que serían los que podrían impactar contra el suelo. Pero en todo caso no deberían ser muy grandes».

¿Cuándo se producirá el impacto de los restos?

Por el momento, el único plan que existe es hacer un seguimiento del cohete «hasta que la incertidumbre en los parámetros implicados en los cálculos sea lo suficientemente pequeña como para poder predecir de forma fiable el momento y el punto de caída», señala el experto. Y eso ocurrirá unas 8 horas antes del impacto. Si bien ya existen horquillas de predicción que sitúan la llegada de los escombros entre el día 7 y el 10 de mayo (aunque la mayoría de predicciones apuntan al sábado 8).

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