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Iglesia exhorta a dejar atrás miedos, engaños y pecados y abrazar el mandato de Cristo

Tegucigalpa – La Iglesia Católica exhortó hoy a dejar atrás los miedos, engaños y pecados y abrazar el mandato de Cristo que es Amar a Dios y al prójimo.

En la voz de Cristo encontramos primero la tarea de cada uno: sal de tu tumba. El grito a Lázaro es una invitación a todos a dejar nuestros miedos, engaños y pecados que nos atrapan. Después le sigue un mandato a los que están allí, que representan a la comunidad y a la misma Iglesia: “desatadlo y dejadle andar”. En toda liberación auténtica hay una santa colaboración entre el pueblo de Dios y cada uno de sus miembros, reflexionó el arzobispo de Tegucigalpa José Vicente Nácher.

En el itinerario cuaresmal se nos ofrece la oportunidad de ver, escuchar y seguir a un amigo, Jesús, al que ya podemos reconocer cercano a nosotros. Con ello vamos acercándonos al misterio de la muerte, de la suya y de la nuestra, con la certeza de que para Él nadie está perdido, porque “Jesucristo es la resurrección y la vida, ¿crees esto?”, reflexionó.

Haciendo un repaso a los tres últimos domingos de cuaresma, que son una gran catequesis bautismal, hemos encontrado el tema de la resurrección, el agua de vida y la luz de la fe. Y en cada uno de ellos hay una coincidente auto presentación de Jesús, que ya habíamos escuchado en la transfiguración. Repasemos: a Marta Jesús le dice, “Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí, aunque haya muerto, vivirá”. Al ciego curado, que pregunta quién es el “Hijo del hombre” (el Mesías), le contesta: “Ya lo has visto, el que está hablando contigo”. Y el domingo anterior, a la Samaritana (que aguardaba la venida del Cristo), Jesús le dice: “Yo soy, el que habla contigo”, caviló.

Llegados a este quinto domingo la voz de Dios, a través del profeta Ezequiel, resuena con fuerza: “Cuando abra vuestras tumbas, pueblo mío, y os saque de ellas, sabréis que yo soy el Señor”. La experiencia de liberación como prenda de salvación.

A continuación Proceso Digital reproduce la lectura del día tomada del santo evangelio según san Juan

Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45

En aquel tiempo, Marta y María, las dos hermanas de Lázaro, le mandaron decir a Jesús: “Señor, el amigo a quien tanto quieres está enfermo”. Al oír esto, Jesús dijo: “Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando se enteró de que Lázaro estaba enfermo, se detuvo dos días más en el lugar en que se hallaba. Después dijo a sus discípulos: “Vayamos otra vez a Judea”.

Cuando llegó Jesús, Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Apenas oyó Marta que Jesús llegaba, salió a su encuentro; pero María se quedó en casa. Le dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora estoy segura de que Dios te concederá cuanto le pidas”.

Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará”. Marta respondió: “Ya sé que resucitará en la resurrección del último día”. Jesús le dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y todo aquel que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees tú esto?” Ella le contestó: “Sí, Señor. Creo firmemente que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”.

Jesús se conmovió hasta lo más hondo y preguntó: “¿Dónde lo han puesto?” Le contestaron: “Ven, Señor, y lo verás”. Jesús se puso a llorar y los judíos comentaban: “De veras ¡cuánto lo amaba!” Algunos decían: “¿No podía éste, que abrió los ojos al ciego de nacimiento, hacer que Lázaro no muriera?”

Jesús, profundamente conmovido todavía, se detuvo ante el sepulcro, que era una cueva, sellada con una losa. Entonces dijo Jesús: “Quiten la losa”. Pero Marta, la hermana del que había muerto, le replicó: “Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”. Le dijo Jesús: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?” Entonces quitaron la piedra.

Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo ya sabía que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho a causa de esta muchedumbre que me rodea, para que crean que tú me has enviado”. Luego gritó con voz potente: “¡Lázaro, sal de allí!” Y salió el muerto, atados con vendas las manos y los pies, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desátenlo, para que pueda andar”.

Muchos de los judíos que habían ido a casa de Marta y María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

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