
En las profundidades de la tierra, a 489 metros bajo el desierto de Chihuahua, en el sur de Nuevo México, se encuentra la cueva Lechuguilla, una caverna que se extiende a lo largo de 240 kilómetros.
No hay luz, y apenas hay alimento. Cualquier ser vivo debe sobrevivir en condiciones de casi inanición.
«Puedes ingresar por una de las entradas y recorrer 16 horas en una dirección antes de llegar al final», afirma Hazel Barton, profesora de ciencias geológicas de la Universidad de Alabama.
«Así que estás muy, muy, muy lejos de la entrada. Estás aislado. Hay más gente ha pisado la Luna que algunos de los lugares de esa cueva».
Sin embargo, a pesar de la oscuridad, existe una asombrosa diversidad de vida microbiana.
Debido a que las bacterias han estado aisladas durante millones de años, ofrecen una ventana única al pasado. Es más, cada una ha desarrollado una estrategia diferente para sobrevivir.
Algunas extraen energía de las rocas y la atmósfera. Otras son depredadoras que se alimentan de otras bacterias.
«Como en la selva tropical, vemos depredadores que simplemente entran corriendo, atrapan, atacan y matan a otros microbios», explica Barton. «Pero también vemos otros microbios que colaboran para obtener nutrientes y energía de un sistema que, de otro modo, no podría generar la energía suficiente para sobrevivir».
Las bacterias tienen además un as bajo la manga aún más sorprendente: son resistentes a la mayoría de los antibióticos, a pesar de haber estado atrapadas en una cueva formada hace seis millones de años, la mayor parte de la cual permaneció completamente aislada de los humanos hasta 1986.
Esta resistencia no solo es un fenómeno natural extraordinario, sino que ahora está ayudando a los investigadores a encontrar fármacos capaces de resistir el avance de la resistencia antimicrobiana en la medicina moderna.
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