
En medio de colinas verdes y caminos polvorientos, más de 100 hombres y mujeres se pusieron su mejor camisa y sombrero para celebrar algo impensado hasta hace unos años: su graduación como defensores de la Biósfera del Río Plátano.
Pero no fue en un aula convencional. Se trató de la culminación de un proceso formativo que transformó no solo sus técnicas de producción, sino el rol de sus fincas.
Pasaron de ser campos vulnerables al avance agrícola a convertirse en escudos de vida para una de las reservas más importantes del país.
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